Crónicas de los Guardianes · Capítulo 10
El Corazón que No Pudo Sanar
Después de la aldea gris, Nerea no volvió al Cielo.
Se quedó en uno de los mundos.
Iba de aldea en aldea, sanando lo que la niebla de Lucifer había dejado roto.
Donde ella pasaba, los niños volvían a jugar.
Donde lloraba, los campos volvían a dar fruto.
Los seres ya no la llamaban ángel.
La llamaban Madre.
Leo la acompañaba.
Desde que aprendió a llorar, su risa era diferente.
Ya no era solo luz.
Ahora era luz que había pasado por la sombra.
Y por eso los humanos le creían más.
—Madre Nerea, ¿puedes curar todo? —le preguntó una tarde la niña de la flor torcida, que ahora no se separaba de ella.
Nerea le acarició el cabello.
Sus alas de agua cristalina brillaban bajo el sol.
—Mientras exista amor, todo puede sanar, pequeña.
En el Reino de las Sombras, Lucifer escuchó esa frase en su lago negro y sonrió.
—Anótala —le dijo a Odio—. Esa será su condena.
Llamó a Caelum.
El ángel caído que una vez fue luz y ahora era un abismo.
Caelum ya no podía ser sanado.
La oscuridad lo había consumido por dentro durante tanto tiempo que su propio corazón se había vuelto de piedra negra.
—Ve a la Tierra —le ordenó Lucifer—. No ataques. Deja que te encuentre. Y cuando Nerea intente sanarte... no te resistas. Deja que vea lo que no se puede sanar.
Caelum descendió.
Nerea lo encontró al borde de un río.
Estaba tirado, con sus alas rotas, respirando con dificultad.
No parecía un general del ejército oscuro.
Parecía un ángel herido.
—¡Hermano! —gritó Nerea, corriendo hacia él.
Leo se puso delante.
—¡Es uno de ellos! ¡Es Caelum!
—Está herido —dijo Nerea, apartándolo con suavidad.
Se arrodilló y puso sus manos sobre el pecho de Caelum.
Por primera vez en mucho tiempo, Caelum sintió agua.
No fuego.
No sombra.
—Tranquilo, ya estoy aquí. Mientras exista una herida, yo estaré allí. ¿Recuerdas? Ese fue mi juramento.
Una lágrima cristalina cayó de los ojos de Nerea sobre la herida de Caelum.
La lágrima chisporroteó.
No sanó.
Se volvió negra y se evaporó.
Nerea se quedó inmóvil.
Nunca había pasado.
Intentó otra vez.
Otra lágrima.
Otro intento.
La herida no se cerraba.
La piedra negra de su corazón latía y rechazaba el agua.
—¿Qué... qué te hicieron? —susurró.
Caelum la miró y, por un instante, volvió a ser el ángel que fue.
Con ojos llenos de dolor, le tomó la mano.
—No me hicieron nada, Madre. Yo elegí quedarme en la oscuridad tanto tiempo... que la oscuridad me eligió a mí. Ya no hay nada que sanar aquí dentro. Ya no hay corazón.
Bajó la mirada.
—Ya no hay nada.
Leo dio un paso atrás.
Nerea negó con la cabeza.
No podía aceptarlo.
Su don era sanar.
Si no podía sanar, ¿quién era?
—¡No! ¡Siempre hay algo! ¡Siempre hay una razón para seguir! —gritó.
Comenzó a llorar con fuerza.
Lágrimas y lágrimas caían sobre Caelum.
Un río entero.
Pero cada lágrima se volvía negra.
Caelum sonrió con tristeza.
—Gracias por intentarlo, Madre. Nadie lo había intentado.
Y cerró los ojos.
No murió.
Peor.
Se dejó ir.
Su cuerpo se volvió ceniza y esa ceniza se mezcló con el río, tiñéndolo de negro por un instante.
Nerea quedó de rodillas en la orilla, con las manos vacías, cubiertas de ceniza negra.
No pudo sanarlo.
Por primera vez desde el inicio de la creación, Nerea había fallado.
—No... no... —repetía, mirando sus manos—. Tengo que poder. Tengo que poder...
Leo se arrodilló a su lado y la abrazó.
Pero Nerea no lo sentía.
Estaba mirando el río negro.
—Si no puedo sanar... ¿para qué sirvo? —susurró.
En el Cielo, Agnis sintió un temblor en su espada.
Tarus sintió que algo muy pesado había caído, no sobre sus hombros, sino sobre su corazón.
El Padre, desde su trono, cerró los ojos.
Una segunda lágrima cayó por su rostro.
En el Reino de las Sombras, Lucifer no celebraba.
Observaba el lago en silencio.
—¿Ves, Odio? —dijo en voz baja—. A Tarus le quité la fuerza haciéndolo golpear a su hermano. A Leo le quité la alegría haciéndolo llorar. A Agnis le quité la paz haciéndola dudar de su justicia.
Hizo una pausa.
—Pero a Nerea... a Nerea le acabo de quitar lo único que la sostenía: la certeza de que el amor todo lo cura.
Odio miró el lago.
Nerea seguía de rodillas, sin moverse.
—¿Y ahora qué hará?
—Ahora hará lo que hacen todos los sanadores cuando no pueden sanar —respondió Lucifer—. Intentará sanar a cualquier precio.
Su mirada se volvió más oscura.
—Incluso si eso significa ir a la oscuridad a buscar la cura.
Odio comprendió.
—Y cuando entre a mi reino por voluntad propia...
Lucifer sonrió.
—Ya no necesitaré cadenas para retenerla.
En los mundos, Leo tomó a Nerea en brazos.
Ella no se resistía.
Solo repetía, con voz vacía:
—Mientras exista una herida... yo estaré allí...
Sus ojos permanecieron fijos en el río.
—Mientras exista una herida...
Pero sus alas cristalinas, por primera vez, no brillaban.
Goteaban agua negra.