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Crónicas de los Guardianes · Capítulo 09

La Sonrisa Rota

J. K. García

Leo amaba la creación del Padre.

Mientras Tarus levantaba montañas y Nerea sanaba océanos, Leo se sentaba con las creaciones del Padre.

Les enseñaba a hacer música golpeando piedras, a reír cuando se caían y a contar historias alrededor del fuego.

—Miren —les decía, haciendo florecer una flor en la palma de un niño—. El Padre la hizo para que ustedes sonrieran. Si sonríen, Él sonríe.

Los niños lo seguían a todas partes.

Lo llamaban «El que ríe».

En el Reino de las Sombras, Lucifer observaba eso en su lago negro.

Y, por primera vez desde su caída, sintió algo que no era odio.

Fue envidia.

—De todos mis hermanos —le dijo a Odio—, Leo es el único que nunca me miró con miedo. Ni siquiera cuando me convertí en Lucifer. Me miró con tristeza. Como si yo fuera el que había perdido algo.

Odio inclinó la cabeza.

—¿Y por eso es peligroso?

—No. Por eso es el más fácil de romper.

Lucifer tocó el agua del lago.

—Tarus se sostiene con su fuerza. Agnis, con su justicia. Nerea, con su compasión. Pero Leo... Leo se sostiene con la alegría de otros. Si les quito la alegría a los que ama... él se caerá solo.

Levantó la mano.

Del fondo del lago negro emergió una niebla que no era negra.

Era gris.

Sin color.

Sin sonido.

—Esta no es una espada. No es una cadena. Es algo que los humanos inventarán muy pronto. Se llama desesperanza. Llévala a su aldea. No los mates. Eso los convertiría en mártires. Haz que dejen de querer vivir.

Odio tomó la niebla gris y desapareció.

Durante tres días, Leo notó que algo andaba mal.

Los niños ya no corrían a recibirlo.

Los hombres ya no cantaban mientras cosechaban.

Las mujeres miraban el fuego sin hablar.

—Hola, pequeña —le dijo Leo a una niña que siempre le trenzaba flores en el cabello—. ¿Me haces una corona hoy?

La niña lo miró con ojos vacíos.

—¿Para qué? Las flores se mueren.

Leo sintió un frío que nunca había sentido, ni siquiera en el Reino de las Sombras.

Su risa, que podía hacer florecer desiertos, no encontraba eco.

Intentó hacer un truco.

Hizo aparecer mariposas de luz.

Los humanos las vieron y no sonrieron.

—Se irán —dijo un anciano—. Todo se va.

Esa noche, Leo corrió al Cielo.

Despertó a Nerea, a Tarus y a Agnis.

—¡Algo les pasa! ¡No ríen! ¡No hablan! ¡Es como si les hubieran robado algo por dentro!

Nerea descendió de inmediato.

Puso sus manos sobre los humanos e intentó sanarlos.

Sus lágrimas, que podían curar continentes, cayeron sobre ellos y se evaporaron sin efecto.

—No están heridos —dijo Nerea, pálida—. No están enfermos. Es... es como si hubieran decidido que nada vale la pena.

Agnis desenvainó su espada.

La llama azul iluminó la aldea, pero la niebla gris no se quemaba.

La atravesaba.

—No es caos —dijo—. No puedo quemar algo que no lucha.

Bajó lentamente la espada.

—Solo... se rinde.

Tarus intentó levantarlos, abrazarlos, cargar con ellos como cargaba mundos.

Pero no se puede cargar a alguien que no quiere levantarse.

Leo se sentó en medio de la aldea.

Por primera vez en su existencia eterna, no supo qué hacer.

—Vamos —les dijo con una sonrisa temblorosa—. Les cuento la historia de cómo nació la primera estrella. ¿Se acuerdan? Les gustaba mucho...

Nadie respondió.

Y entonces, por primera vez, Leo no pudo sonreír.

Su risa se rompió en un sollozo.

Cayó de rodillas y lloró.

Lloró como lloran los humanos.

Con ruido.

Con los hombros temblando.

Con desesperación.

—Padre... ¿por qué no puedo hacerlos reír? —susurró al cielo.

En el Reino de las Sombras, Lucifer vio esa lágrima y se levantó de su trono.

Había esperado este momento durante eones.

—Ahora —dijo.

La niebla gris se concentró y tomó forma detrás de Leo.

No era Odio.

Era el mismo Lucifer.

No había venido a pelear.

Había venido a susurrar.

Se arrodilló detrás de su hermano, como un amigo.

—Duele, ¿verdad? —le dijo en voz baja, solo para él—. Darles todo y que no sea suficiente.

Leo se giró, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Tú?

—Yo también lo sentí —continuó Lucifer.

Por un instante, su voz no sonó como la de un rey oscuro.

Sonó como la de Lucero.

—Cuando salvé galaxias y solo decían mi nombre por costumbre. Cuando di mi luz y me pidieron más. Esa es la maldición de los que damos alegría, Leo. Nunca es suficiente para ellos.

Leo negó con la cabeza, pero no se alejó.

Estaba demasiado herido para pelear.

—Míralos —insistió Lucifer, señalando a los humanos—. Les diste flores, canciones, historias... y con una sola niebla gris olvidaron todo. No necesitan alegría, Leo. Necesitan que alguien los obligue a seguir.

—¡No!

—¡Sí! ¡El Padre los hizo frágiles! ¡Yo puedo hacerlos fuertes! Dame permiso y haré que nunca más sientan esta tristeza. Les quitaré la capacidad de desesperarse. Serán obedientes. Eternamente felices bajo mi orden.

Era la misma mentira que le había ofrecido a Zakiel.

La misma que les había ofrecido a Aster y Lior.

Pero dicha con la voz del hermano que más amaba.

Leo cerró los ojos.

Estaba a punto de decir que sí.

No por poder.

Por amor.

Porque no soportaba verlos sufrir.

En ese instante, una mano pequeña tocó su ala.

Era la niña de las flores.

La que había dicho:

«Las flores se mueren».

Había caminado, con mucho esfuerzo, hasta él.

Todavía tenía los ojos tristes, pero estaba allí.

—Leo... —susurró—. ¿Todavía tienes una flor?

Leo la miró.

No entendía.

La niña continuó, con una voz casi sin fuerza:

—Mi mamá dice que no vale la pena... pero yo... yo quiero intentarlo otra vez.

No era una risa.

No era una canción.

Era algo mucho más pequeño y mucho más poderoso:

un intento.

Leo, llorando, abrió su mano.

No hizo aparecer una flor perfecta y brillante como antes.

Hizo aparecer una flor torcida, pequeña, con un pétalo roto.

Una flor que había luchado por nacer en medio de la niebla gris.

Se la dio.

La niña la tomó y, por primera vez en tres días, sonrió.

Una sonrisa diminuta.

Rota.

Pero real.

Esa sonrisa atravesó la niebla gris como una espada.

Lucifer dio un paso atrás, como si lo hubieran golpeado.

—¿Qué hiciste?

Leo se levantó, con la niña en brazos.

Sus ojos ya no eran solo alegres.

Ahora también estaban llenos de lágrimas.

Y por eso, eran más fuertes.

—Les enseñaste a rendirse —le dijo a Lucifer—. Yo les acabo de enseñar que se puede estar triste y seguir intentándolo. Eso no me lo puedes quitar. Porque yo también acabo de aprenderlo.

La niebla gris comenzó a romperse.

Nerea vio su oportunidad y sus lágrimas, que antes se evaporaban, ahora comenzaron a disolverla.

Agnis quemó los restos.

Tarus levantó a los humanos que aún estaban en el suelo.

Lucifer comprendió que había perdido.

No porque Leo fuera más fuerte.

Sino porque Leo había aceptado ser débil.

—No se acaba aquí, hermano —dijo antes de desaparecer—. Hoy aprendiste a llorar. Pronto aprenderás lo que es perder a alguien que llora contigo.

Regresó a su trono.

Estaba furioso, pero también fascinado.

Odio se acercó.

—Fallamos otra vez.

—No —respondió Lucifer, mirando el lago que ahora mostraba a Leo abrazando a la niña—. Hoy rompimos al que nunca había llorado. Y, al romperse... se volvió más fuerte.

Se sentó y señaló a la última hermana que aún no había tocado.

—Es hora de Nerea. La Madre de la Compasión.

Sus ojos se oscurecieron.

—Vamos a darle a alguien a quien no pueda sanar.