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Crónicas de los Guardianes · Capítulo 02

La Edad de la Luz

J. K. García

Pasaron millones de años desde el nacimiento de los Trece Guardianes.

El universo crecía sin descanso.

Nuevas estrellas iluminaban la inmensidad.

Planetas enteros surgían del polvo cósmico y desaparecían cuando su tiempo llegaba a su fin.

Y sobre toda la creación velaban los hijos del Padre.

Aquella época sería recordada para siempre como La Edad de la Luz.

No existían guerras.

No existía el odio.

No existía la muerte provocada por la maldad.

Solo existía la creación… y quienes la protegían.

Los Trece Guardianes recorrían los confines del universo cumpliendo la voluntad del Padre.

Lucero era quien abría el camino.

Su luz atravesaba galaxias enteras y devolvía la esperanza allí donde la oscuridad natural del cosmos parecía eterna.

Los pueblos de incontables mundos levantaban la vista cuando él aparecía.

Lo llamaban el Portador del Alba.

El Primer Hijo.

El Favorito del Padre.

Lucero siempre respondía con una sonrisa humilde.

Al menos, al principio.

Detrás de él caminaba Leo.

Su llegada era anunciada por risas, música y flores que nacían incluso en los desiertos más estériles.

Los niños corrían hacia él.

Los ancianos recuperaban la esperanza.

Los corazones rotos encontraban consuelo con solo escuchar su voz.

—Mientras exista una sonrisa, la oscuridad nunca vencerá —solía decir.

Nerea recorría océanos infinitos y bosques antiguos.

Curaba criaturas heridas.

Sanaba continentes destruidos por catástrofes naturales.

Con una sola lágrima era capaz de devolver la vida a un bosque entero.

Por eso todos la conocían como la Madre de la Compasión.

Agnis era diferente.

Donde aparecía una amenaza para la creación, allí estaba ella.

Su espada ardía con un fuego azul que jamás tocaba a un inocente.

Solo consumía aquello que nacía del caos.

No luchaba por gloria.

Luchaba para que otros nunca tuvieran que hacerlo.

Y cuando la batalla terminaba, guardaba nuevamente su espada.

Porque jamás disfrutó de la guerra.

Tarus era el más silencioso de todos.

Mientras sus hermanos viajaban entre estrellas, él levantaba montañas, reconstruía ciudades destruidas por desastres naturales y protegía mundos enteros con sus propias manos.

Era tan fuerte que podía sostener un planeta mientras el Padre terminaba de darle forma.

Pero su mayor fortaleza no estaba en sus músculos.

Estaba en su corazón.

Siempre era el primero en ayudar y el último en marcharse.

Por eso todos los ángeles confiaban en él.

No solo por su poder.

Sino por su bondad.

Durante aquella era, los cinco hermanos eran inseparables.

Reían juntos.

Entrenaban juntos.

Viajaban juntos.

Y cuando regresaban a los Dominios del Padre, compartían largas conversaciones bajo el Árbol de la Eternidad.

Leo era quien más hablaba.

Nerea escuchaba con una sonrisa.

Agnis corregía las exageraciones de Leo.

Lucero reía.

Y Tarus observaba a sus hermanos con orgullo.

Parecía una familia perfecta.

Pero incluso en el cielo más brillante pueden aparecer pequeñas grietas.

Con el paso de los milenios, los habitantes de innumerables mundos comenzaron a hablar más de Lucero que de cualquier otro Guardián.

Cada vez que una civilización era salvada, pronunciaban su nombre.

Cada vez que una estrella volvía a brillar, agradecían al Portador de la Luz.

Incluso algunos de los ocho Guardianes menores empezaron a verlo como el verdadero líder del Cielo.

Lucero jamás pidió aquella admiración.

Pero tampoco la rechazó.

Al contrario…

Comenzó a disfrutarla.

Una tarde, mientras observaban el nacimiento de una nueva galaxia, Leo se acercó a él.

—Hermano, dicen que eres el ángel más hermoso que el Padre ha creado.

Lucero sonrió.

—¿Eso dicen?

—Sí. Pero yo creo que exageran.

Lucero soltó una pequeña risa.

—¿Y quién crees tú que lo sea?

Leo señaló el inmenso universo.

—Nuestro Padre.

Lucero guardó silencio.

Era una respuesta sencilla.

Pero algo dentro de él no quedó conforme.

Aquella noche, mientras todos descansaban, Lucero permaneció solo contemplando su reflejo sobre un océano de estrellas.

Por primera vez no miró la creación.

Se miró a sí mismo.

—Soy el primero…

—El más poderoso…

—El más cercano al Padre…

Sus palabras se perdieron entre el silencio del universo.

Sin embargo…

alguien las escuchó.

Tarus.

El enorme Guardián había llegado para buscar a su hermano.

No dijo nada.

Simplemente permaneció observándolo.

Cuando Lucero notó su presencia, volvió a sonreír como siempre.

—¿Ocurre algo, hermano?

Tarus negó con la cabeza.

—No.

Pero había algo extraño en su mirada.

Una inquietud que nunca antes había sentido.

Los días se convirtieron en siglos.

Los siglos, en milenios.

Y aquella pequeña chispa de orgullo siguió creciendo.

Era casi invisible.

Lucero seguía obedeciendo al Padre.

Seguía protegiendo la creación.

Seguía abrazando a sus hermanos.

Nadie sospechaba nada.

Nadie…

excepto Tarus.

Una mañana, durante un entrenamiento, ambos cruzaron sus espadas por simple práctica.

Lucero derrotó a Tarus después de un largo combate.

Los demás aplaudieron.

Leo levantó las manos con entusiasmo.

—¡Nuestro hermano sigue siendo invencible!

Todos rieron.

Todos…

menos Tarus.

Mientras guardaba su espada, observó a Lucero.

No fue la victoria lo que le preocupó.

Fue la expresión en su rostro.

Por un instante…

no vio alegría.

Vio orgullo.

Aquella misma noche, Tarus acudió ante el Padre.

Lo encontró contemplando la inmensidad del universo.

—Padre…

El Padre sonrió sin apartar la mirada de las estrellas.

—¿Qué sucede, hijo mío?

Tarus bajó la cabeza.

—Tengo miedo.

El Padre giró lentamente hacia él.

—¿De qué?

Tarus respiró profundamente antes de responder.

—De perder a mi hermano.

El silencio llenó el lugar.

El Padre cerró los ojos.

Como si aquellas palabras confirmaran un temor que llevaba mucho tiempo guardando.

—Yo también lo sé, hijo mío.

Tarus levantó la vista sorprendido.

—¿Entonces… tú también lo has visto?

El Padre asintió lentamente.

—Desde el día en que fue creado.

Tarus sintió un nudo en el pecho.

—¿Y por qué no haces nada?

El Padre apoyó una mano sobre el hombro de su hijo.

—Porque el amor no obliga.

El amor espera.

Confía.

Y siempre deja abierta la puerta del regreso.

Tarus permaneció en silencio.

No comprendía del todo las palabras del Padre.

Pero decidió confiar.

Mientras tanto…

a muchos mundos de distancia, Lucero contemplaba una inmensa legión de ángeles que lo observaban con admiración.

Y por primera vez…

aquella admiración comenzó a parecerle más importante que la voluntad de su propio Padre.

Sin saberlo…

la primera semilla de la rebelión ya había echado raíces.

Y muy pronto…

el Cielo conocería el primer derramamiento de sangre.