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Crónicas de los Guardianes · Capítulo 03

La Primera Sangre

J. K. García

La Edad de la Luz continuó durante incontables milenios.

Los Trece Guardianes seguían recorriendo la creación del Padre, llevando paz a los mundos nacientes y destruyendo cualquier amenaza que pudiera alterar el equilibrio.

Pero el orgullo no descansa.

Crece en silencio.

Y espera el momento perfecto para mostrarse.

Aquella oportunidad llegó durante una misión en los límites del universo conocido.

Una región donde enormes tormentas de energía amenazaban con devorar un sistema entero de estrellas.

El Padre reunió a sus trece hijos.

—Hijos míos, una parte de mi creación necesita de ustedes. Vayan juntos y devuelvan el equilibrio.

—Sí, Padre —respondieron al unísono.

Durante varios días trabajaron sin descanso.

Leo protegía a las criaturas que huían del desastre.

Nerea sanaba a los heridos.

Agnis destruía las grietas de energía que desgarraban el espacio.

Tarus sostenía con sus propias manos un planeta que estaba a punto de colapsar.

Y Lucero dirigía a los ocho Guardianes menores para contener la tormenta.

Cuando la misión parecía haber terminado, Tarus notó la ausencia de uno de sus capitanes más leales.

Su nombre era Zakiel.

Había luchado a su lado desde los primeros días de la creación.

Era un guerrero honorable, incapaz de traicionar al Padre.

Tarus comenzó a buscarlo.

Lo encontró en un valle de cristal, arrodillado frente a Lucero.

El ambiente estaba cargado de tensión.

Lucero sostenía una daga de luz entre sus manos.

Su mirada ya no transmitía la paz de otros tiempos.

Transmitía autoridad.

Una autoridad que no le pertenecía.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Tarus mientras descendía lentamente.

Lucero sonrió sin apartar la vista de Zakiel.

—Llegas en el momento justo, hermano.

Tarus observó a ambos.

—Explícate.

Lucero señaló al capitán.

—He descubierto a un traidor.

El corazón de Tarus se estremeció.

Miró a Zakiel.

Durante millones de años aquel guerrero jamás había fallado.

Jamás había desobedecido una sola orden.

Jamás había mentido.

—Eso es imposible —respondió Tarus.

Lucero dio un paso al frente.

—Planeaba levantar una rebelión contra nuestro Padre.

Tarus permaneció en silencio.

No necesitaba escuchar palabras para conocer la verdad.

Poseía un don que el Padre le había concedido desde su nacimiento.

Podía mirar el corazón de quienes hablaban.

Y cuando observó a Zakiel…

solo encontró miedo.

Pero cuando miró a Lucero…

vio algo diferente.

Orgullo.

Ambición.

Y una oscuridad que nunca antes había visto.

Zakiel levantó lentamente la cabeza.

Sus alas estaban heridas.

Había sido golpeado.

—Hermano Tarus… jamás traicionaría al Padre.

Tarus se acercó.

—Lo sé.

Zakiel respiró con dificultad.

—Fue Lucero…

El silencio se hizo absoluto.

Lucero no dejó de sonreír.

—Continúa.

—Me ofreció seguirlo…

Dijo que algún día ocuparía el lugar del Padre.

Que cuando él gobernara toda la creación…

yo sería el primero en morir por permanecer a tu lado.

Los ojos de Tarus se abrieron con incredulidad.

—¿Es cierto…?

Lucero no respondió.

Solo observó fijamente a su hermano.

Entonces Zakiel añadió unas últimas palabras.

—Preferí morir siendo fiel… antes que vivir traicionando a nuestro Padre.

Aquellas palabras hicieron que el rostro de Lucero cambiara.

Su sonrisa desapareció.

En su lugar apareció una expresión fría.

Desconocida.

Sin decir una sola palabra…

levantó la daga.

Y la deslizó sobre el cuello de Zakiel.

Todo ocurrió en un instante.

La sangre dorada del ángel cayó sobre el cristal del valle.

Por primera vez desde el nacimiento del universo…

la sangre de un hijo del Padre tocaba la creación.

Zakiel cayó lentamente.

Tarus logró sostenerlo entre sus brazos.

El guerrero sonrió por última vez.

—Gracias… hermano…

Sus ojos se cerraron para siempre.

El universo entero quedó en silencio.

Tarus sintió cómo la tristeza se transformaba en una ira que jamás había conocido.

Levantó lentamente la vista.

—¿Qué has hecho…?

Lucero guardó la daga.

—Eliminé a un traidor.

—¡Mientes!

La voz de Tarus hizo temblar las montañas de cristal.

—¡Has asesinado a un inocente!

El estruendo atrajo a los demás Guardianes.

Leo fue el primero en llegar.

Detrás de él aparecieron Nerea, Agnis y los ocho Guardianes menores.

Al contemplar el cuerpo de Zakiel, todos quedaron paralizados.

Leo dio un paso atrás.

—No…

Nerea llevó ambas manos a su boca.

Lágrimas cristalinas comenzaron a caer de sus ojos.

Agnis apretó con fuerza el mango de su espada.

Nunca antes había sentido tanta rabia.

Leo observó a Lucero.

—Hermano… ¿qué ocurrió?

Lucero respondió con absoluta calma.

—Descubrí a un traidor.

Intentó levantarse contra nuestro Padre.

Hice lo que debía hacer.

Tarus dio un paso al frente.

—¡Eso es mentira!

Todos dirigieron la mirada hacia él.

—Zakiel fue asesinado por negarse a traicionar al Padre.

Lucero quiso convertirlo en su aliado…

y, al ser rechazado…

lo ejecutó.

Un pesado silencio cayó sobre los presentes.

Uno a uno, los Guardianes menores comenzaron a retroceder de Lucero.

Leo colocó una mano sobre el hombro de Tarus.

—Yo creo en ti, hermano.

Nerea asintió con lágrimas en los ojos.

—También yo.

Agnis desenvainó lentamente su espada.

La hoja azul comenzó a arder.

—Jamás levantaré mi espada contra nuestro Padre.

Los ocho Guardianes menores se arrodillaron junto al cuerpo de Zakiel.

—Nosotros también creemos en Tarus.

Las palabras atravesaron el orgullo de Lucero como una lanza.

Por primera vez comprendió que no todos lo seguirían.

Su mirada cambió.

Ya no intentó ocultar sus verdaderas intenciones.

Comenzó a reír.

Una risa fría.

Vacía.

Desconocida.

—¿De verdad siguen sin comprenderlo?

Los cuatro Guardianes permanecieron inmóviles.

Lucero extendió lentamente sus alas.

Su luz parecía menos brillante que antes.

—Escúchenme bien.

Nosotros somos los primeros hijos del Padre.

Los más poderosos.

Los únicos capaces de gobernar la creación.

¿Y, aun así, seguimos obedeciendo como si fuéramos simples sirvientes?

Leo negó con tristeza.

—Somos sus hijos… no sus esclavos.

—¡Exactamente! —gritó Lucero—. ¡Somos sus hijos! Entonces, ¿por qué debemos inclinarnos ante Él por toda la eternidad?

Nerea dio un paso al frente.

—Porque lo amamos.

Agnis levantó su espada.

—Y porque Él jamás ha dejado de amarnos a nosotros.

Lucero observó uno por uno a sus hermanos.

Esperó que alguno dudara.

Que alguno aceptara su propuesta.

Pero nadie habló.

Nadie se movió.

Entonces sonrió con amargura.

—Algún día se arrepentirán de haber elegido el lado equivocado.

En ese preciso instante, una voz atravesó todo el universo.

No fue un grito.

No fue una orden.

Fue una voz llena de tristeza.

La voz del Padre.

—Hijos míos…

Basta.

Regresen ante mí.

Ha llegado la hora de conocer la verdad.

Tarus cerró los ojos.

Sabía que, cuando comparecieran ante el Padre, nada volvería a ser igual.

El cuerpo de Zakiel fue levantado con honor por los ocho Guardianes.

Nerea caminó a su lado llorando en silencio.

Leo no dejó de mirar a Lucero, esperando encontrar un rastro del hermano que tanto amaba.

Agnis sostenía su espada, decidida a defender al Padre si era necesario.

Y Tarus avanzó al frente.

No como un guerrero.

Sino como un hermano obligado a conducir a otro hermano hacia el juicio más doloroso de toda la historia del Cielo.

Detrás de ellos, por primera vez desde el inicio de la creación, el viento dejó de cantar.

Porque el universo entero comprendió que la paz había terminado.

Y que la primera sangre derramada sería el comienzo de una guerra capaz de cambiar la eternidad.