Crónicas de los Guardianes · Capítulo 04
El Juicio del Cielo
Los Dominios del Padre nunca habían conocido el silencio.
Desde el principio de la creación, los cielos estaban llenos del canto de los ángeles, del murmullo de las estrellas y de la armonía que nacía de la presencia del Creador.
Pero aquel día…
nadie cantaba.
Los Trece Guardianes atravesaban el inmenso Reino Celestial en silencio.
Al frente caminaba Tarus, sosteniendo entre sus brazos el cuerpo sin vida de Zakiel.
Detrás de él avanzaban Leo, Nerea y Agnis.
Los ocho Guardianes menores los seguían con la cabeza inclinada.
Y al final caminaba Lucero.
No llevaba cadenas.
No era un prisionero.
Era un hijo del Padre.
Pero ninguno de sus hermanos se atrevía a caminar a su lado.
Cuando llegaron al Trono de la Eternidad, todos cayeron de rodillas.
Todos…
excepto Lucero.
El Padre permanecía sentado sobre su trono de luz.
No había ira en su rostro.
Solo una tristeza tan profunda que parecía envolver toda la creación.
Sus ojos se posaron sobre el cuerpo de Zakiel.
Con un simple gesto de su mano, el ángel caído fue envuelto por una luz blanca.
Las heridas desaparecieron.
Su rostro recuperó la paz.
El Padre cerró lentamente los ojos.
—Bienvenido a casa, hijo mío.
Después levantó la mirada hacia Lucero.
Durante unos segundos ninguno habló.
Padre e hijo permanecieron observándose en absoluto silencio.
Hasta que finalmente el Padre preguntó con una voz llena de dolor.
—¿Por qué, hijo mío?
Lucero sostuvo su mirada.
No bajó la cabeza.
No mostró arrepentimiento.
—Porque ya era necesario.
Un murmullo recorrió el salón celestial.
El Padre descendió lentamente de su trono.
Cada paso hacía florecer la luz bajo sus pies.
Se detuvo frente a Lucero.
Tan cerca que podía abrazarlo.
Pero no lo hizo.
—Yo te di la vida.
Te enseñé a amar.
Confié en ti como en ninguno de tus hermanos.
¿En qué fallé?
Lucero guardó silencio unos instantes.
Luego respondió con serenidad.
—Nunca fallaste.
El que cambió fui yo.
Leo levantó la vista sorprendido.
Nerea dejó de llorar por un instante.
Incluso Tarus sintió una pequeña esperanza.
Pero las siguientes palabras de Lucero destruyeron toda ilusión.
—Comprendí que fuimos creados para mucho más que obedecer.
El Padre permaneció en silencio.
Lucero continuó.
—Somos inmortales.
Somos los seres más poderosos de la creación.
¿Por qué debemos vivir eternamente bajo tu voluntad?
¿Por qué nunca podemos decidir nuestro propio destino?
¿Por qué debemos inclinarnos ante ti?
Su voz comenzó a elevarse.
—¿Por qué nosotros no podemos gobernar?
Las últimas palabras resonaron por todo el Reino Celestial.
Nadie se atrevió a responder.
Hasta que Tarus dio un paso adelante.
—Porque Él no nos obliga.
Nos ama.
Lucero giró lentamente la cabeza.
—Hablas como un hijo obediente.
Yo hablo como alguien que abrió los ojos.
Agnis ya no pudo contenerse.
Su espada apareció envuelta en llamas azules.
—¡Basta!
El eco de su voz recorrió el cielo.
—Nuestro Padre jamás nos ha tratado como esclavos.
Nos dio un propósito.
Nos dio una familia.
Nos dio un hogar.
Y tú respondes asesinando a uno de nuestros hermanos.
Lucero observó la espada de Agnis.
—¿Vas a matarme?
Agnis apretó el puño.
Las llamas crecieron.
Pero lentamente bajó la espada.
—No.
Porque todavía eres mi hermano.
Aquellas palabras hicieron que Leo cerrara los ojos con tristeza.
Nerea comenzó a llorar nuevamente.
El Padre observó a sus hijos.
Todos sufrían.
Todos.
Incluso Lucero.
Porque detrás de su orgullo todavía quedaba un corazón herido.
El Padre volvió a hablar.
—Lucero…
Todavía puedes regresar.
El silencio fue absoluto.
Hasta las estrellas parecían esperar la respuesta.
Lucero bajó la mirada.
Por primera vez desde que comenzó el juicio…
sus recuerdos comenzaron a aparecer.
Recordó cuando el Padre lo sostuvo por primera vez.
Cuando voló junto a Leo entre las primeras estrellas.
Cuando entrenó con Agnis.
Cuando Nerea curó sus heridas después de su primera batalla.
Cuando Tarus lo abrazó tras una misión difícil.
Durante un instante…
sus ojos volvieron a brillar como antes.
Leo dio un pequeño paso hacia él.
—Hermano…
Vuelve a casa.
Nerea extendió una mano.
—Todavía te amamos.
Incluso Agnis habló.
—Ninguno de nosotros quiere perderte.
El silencio parecía anunciar un milagro.
Lucero respiró profundamente.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
Todos creyeron que volvería.
Pero entonces…
escuchó otra voz.
No venía del exterior.
Nacía dentro de él.
Una voz alimentada durante millones de años.
Si vuelves… volverás a ser solamente un hijo.
Si sigues adelante… podrás convertirte en un rey.
Lucero levantó lentamente la cabeza.
Las lágrimas desaparecieron.
Su expresión volvió a endurecerse.
Miró al Padre.
Y sonrió.
No era una sonrisa de felicidad.
Era la sonrisa de alguien que ya había tomado una decisión.
—No volveré a arrodillarme.
Un profundo dolor atravesó el corazón de todos los presentes.
El Padre cerró los ojos.
Una única lágrima descendió por su rostro.
La primera lágrima que el universo había visto derramar a su Creador.
—Entonces…
has elegido tu propio camino.
Tarus cayó de rodillas.
Leo escondió el rostro entre sus manos.
Nerea lloró desconsoladamente.
Agnis clavó su espada en el suelo para contener la rabia que amenazaba con consumirla.
Después de un largo silencio, el Padre habló nuevamente.
—Los amo a todos por igual.
Incluso ahora.
Incluso a ti, Lucero.
Jamás dejaré de amarte.
Pero el amor no puede existir sin justicia.
Miró a sus cuatro hijos fieles.
—Hijos míos…
No puedo dictar el destino de su hermano.
Mi amor por él es demasiado grande.
Serán ustedes quienes decidan su castigo.
No como jueces.
Sino como hermanos.
Un pesado silencio cubrió el Reino Celestial.
Ninguno quería hablar.
Ninguno quería condenar al hermano con quien habían compartido la eternidad.
Finalmente, Tarus dio un paso al frente.
Su voz temblaba.
—Padre…
Si esa es tu voluntad…
yo hablaré por todos nosotros.
Miró a Lucero.
No había odio en sus ojos.
Solo un inmenso dolor.
—Hermano…
Te amo con todo mi corazón.
Pero has derramado sangre inocente.
Has querido ocupar el lugar de nuestro Padre.
Y has sembrado división entre nuestra familia.
Respiró profundamente.
Cada palabra parecía romperle el alma.
—Por el bien de toda la creación…
serás desterrado de los Dominios del Padre.
Vivirás lejos de la luz…
hasta que decidas arrepentirte.
El salón entero quedó en silencio.
El Padre cerró los ojos.
Aceptó la decisión.
Lucero soltó una lenta carcajada.
Después miró al Padre por última vez.
—Ya no me llames Lucero.
Ese nombre significaba tu luz.
Tu esperanza.
Tu orgullo.
Ese nombre murió hoy.
Extendió lentamente sus alas.
La estrella que brillaba en su pecho comenzó a oscurecerse.
La luz blanca se transformó en un fuego negro.
Las plumas de sus alas perdieron su brillo dorado.
El universo entero tembló.
—Desde este instante…
mi nombre será…
Lucifer.
Un relámpago oscuro atravesó el cielo.
La luz había elegido convertirse en oscuridad.
Y con aquel nuevo nombre…
terminó el juicio del Cielo.
Pero comenzó una guerra que marcaría el destino de toda la creación.