Crónicas de los Guardianes · Capítulo 05
El Primer Rey del Reino Oscuro
Al otro lado del portal…
no existía el cielo.
No existía el viento.
No existía el canto de las estrellas.
Solo un vacío infinito, frío y silencioso.
Era un lugar donde la luz jamás había nacido.
Durante un largo instante, Lucifer permaneció inmóvil.
Observó aquella inmensidad desierta.
No había montañas.
No había mares.
No había vida.
Solo oscuridad.
Entonces sonrió.
—Si el Padre creó un reino de luz…
yo crearé un reino que haga temblar al suyo.
Extendió lentamente las manos.
La llama negra de su pecho comenzó a arder con una intensidad nunca antes vista.
Las sombras respondieron a su llamado.
El suelo empezó a agrietarse.
Enormes montañas de piedra negra emergieron del vacío.
Ríos de fuego atravesaron la oscuridad.
Tormentas de ceniza cubrieron el firmamento inexistente.
El silencio fue reemplazado por un eco interminable de lamentos.
Era como si el mismo vacío hubiera despertado.
En el centro de aquel nuevo mundo comenzó a levantarse una inmensa fortaleza.
Sus murallas estaban hechas de roca oscura.
Sus torres parecían atravesar la eternidad.
Y, en el salón principal, surgió un trono construido con espadas rotas.
No eran armas comunes.
Cada una había pertenecido a un ángel que, durante la guerra, había decidido seguir a Lucifer.
Espadas que alguna vez defendieron la luz.
Ahora sostenían al primer rey de la oscuridad.
Lucifer se sentó lentamente.
No había orgullo en su rostro.
Había determinación.
Frente a él apareció un lago de agua negra.
Sus aguas permanecían inmóviles.
No reflejaban su rostro.
Reflejaban el Reino Celestial.
Desde aquel lago podía contemplar todo cuanto ocurría en los dominios del Padre.
Vio a Leo intentando devolver la esperanza a sus hermanos.
Vio a Nerea llorando en silencio por el hermano perdido.
Vio a Tarus cargando sobre sus hombros el peso de una decisión que jamás quiso tomar.
Y vio a Agnis.
Sola.
Con su espada todavía envuelta en llamas.
Una lenta sonrisa apareció en su rostro.
—Así que el Cielo también sangra…
Apoyó la mano sobre la superficie del lago.
La imagen comenzó a ondular.
—Leo intenta mantener unida a la familia.
Tarus carga con una culpa que no le pertenece.
Nerea se ahoga en su compasión…
Pero tú…
Sus ojos se clavaron en la imagen de Agnis.
—Tú eres diferente.
La guerrera que jamás dudó.
La que juró obedecer siempre al Padre.
La que condenó mi rebeldía sin vacilar.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Y, sin embargo…
fuiste la primera en romper una de sus órdenes.
Una sola decisión.
Una sola duda.
Eso basta para quebrar un corazón.
Se levantó del trono.
Las sombras parecían inclinarse a su paso.
Atravesó los enormes corredores de la fortaleza hasta llegar a una cámara oculta.
Allí permanecía encadenado un ángel.
Era Caelum.
Su cuerpo estaba cubierto por marcas oscuras.
Sus alas habían perdido todo su brillo.
Sus ojos, antes llenos de luz, eran ahora dos abismos negros.
Al ver a Lucifer, comenzó a reír.
Una risa vacía.
Desesperada.
—¿Los viste…? —preguntó entre carcajadas.
—Sí.
—¿Se están destruyendo?
Lucifer asintió lentamente.
—Apenas han comenzado.
Caelum volvió a reír.
—Leo es demasiado débil.
Tarus demasiado noble.
Nerea demasiado sensible.
Pero Agnis…
Agnis casi destruye tus planes.
Lucifer apoyó una mano sobre la frente del ángel caído.
—Precisamente por eso será la primera.
Un hilo de oscuridad salió lentamente de la mente de Caelum.
Era fino como una aguja.
Oscuro como la noche.
Lucifer lo atrapó dentro de un pequeño frasco de cristal negro.
Lo observó durante unos segundos.
Después sonrió.
—La culpa…
No existe arma más poderosa.
En ese momento apareció uno de sus generales.
Sus alas habían sido arrancadas durante la guerra.
Las cicatrices cubrían todo su cuerpo.
Su antiguo nombre era Serak.
Ahora nadie lo llamaba así.
Todos lo conocían como Odio.
El general se inclinó.
—Mi rey.
Lucifer le entregó el frasco.
—Llévalo contigo.
Odio lo sostuvo entre sus manos.
—¿Qué contiene?
—La semilla de una caída.
El general levantó la vista.
—¿Quién será nuestra primera víctima?
Lucifer volvió a mirar el lago.
—Agnis.
—¿La más fuerte?
—No.
La más peligrosa.
Porque cree que la justicia siempre tiene una sola respuesta.
Y quien cree poseer toda la verdad…
puede convertirse fácilmente en un verdugo.
Odio guardó silencio.
Lucifer continuó.
—No le susurres odio.
Lo reconocerá.
No le hables de venganza.
La rechazará.
Háblale de perfección.
Haz que crea que nunca más puede equivocarse.
Que toda falta merece castigo.
Que toda debilidad debe ser eliminada.
Que la misericordia fue el error que permitió mi caída.
Cuando crea estar sirviendo mejor al Padre…
ya estará caminando hacia mí.
Odio inclinó la cabeza.
—Así se hará.
El general desapareció entre las sombras.
Lucifer regresó lentamente a su trono.
Volvió a mirar el lago.
Esta vez ya no reflejaba el Reino Celestial.
Mostraba un pequeño mundo cubierto de barro.
El Padre comenzaba una nueva creación.
Pequeñas figuras tomaban forma bajo sus manos.
Los primeros seres humanos.
Lucifer los observó con desprecio.
—¿Por ellos me reemplazaste…?
Su voz se volvió un susurro.
—Criaturas hechas de polvo…
capaces de equivocarse una y otra vez…
y, aun así, recibir tu perdón.
Apretó lentamente el puño.
Las aguas del lago comenzaron a congelarse.
—Cuando Agnis descienda para guiarlos…
no verá hijos.
Verá futuros pecadores.
Y el día en que deje de distinguir entre justicia y misericordia…
ella misma abrirá las puertas de mi reino.
Lucifer apoyó la espalda sobre el trono.
Una sonrisa oscura apareció en su rostro.
No necesitaba conquistar el Cielo con un ejército.
No todavía.
Primero conquistaría los corazones.
Porque comprendía una verdad que incluso muchos ángeles ignoraban.
Las fortalezas más difíciles de destruir…
no están hechas de piedra.
Están hechas de fe.
Y una sola duda…
era suficiente para derrumbarlas.