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Crónicas de los Guardianes · Capítulo 06

La Corrupción

J. K. García

La paz había terminado.

El Reino de las Sombras crecía día tras día.

Cada ángel que había seguido a Lucifer juraba lealtad a un nuevo rey.

Ya no lo llamaban Lucero.

Ya no lo llamaban hermano.

Ahora todos inclinaban la cabeza ante un solo nombre:

Lucifer.

Sentado sobre su trono de espadas rotas, contemplaba el lago negro que le mostraba los Dominios del Padre.

No buscaba una batalla.

Buscaba una oportunidad.

Y finalmente la encontró.

Dos escuadrones de Guardianes recorrían los límites del Cielo.

El primero estaba dirigido por Aster, capitán y mano derecha de Tarus.

Era un gigante de piedra y luz, conocido por su fuerza y su lealtad inquebrantable.

El segundo estaba comandado por Lior, mano derecha de Leo.

Donde él llegaba, la esperanza regresaba incluso a los mundos más devastados.

Lucifer sonrió.

—Si quiero romper a mis hermanos... primero debo romper aquello que más aman.

Se levantó del trono.

Frente a él aparecieron sus generales:

Odio.

Caelum.

Y cientos de ángeles caídos.

—Hoy no conquistaremos el Cielo.

Hizo una pausa.

—Hoy robaremos su esperanza.

Mientras tanto, Aster y Lior escoltaban una caravana de ángeles menores que transportaban las primeras semillas del Árbol de la Vida hacia un mundo recién creado.

Todo parecía tranquilo.

Hasta que el universo se oscureció.

Una inmensa grieta negra se abrió en el espacio.

De ella descendieron cientos de ángeles caídos.

Las llamas negras iluminaron el vacío.

Aster levantó su enorme martillo.

—¡Formación defensiva!

Lior desenvainó su espada de luz.

—¡Protejan las semillas!

El choque fue inmediato.

La primera batalla del Cielo había comenzado.

La luz y la oscuridad colisionaron como dos tormentas.

Las espadas hicieron temblar las estrellas.

Los escudos de luz chocaron contra las lanzas de sombra.

Durante horas, ninguno de los dos bandos cedió.

Hasta que Lucifer apareció.

Descendió lentamente desde el cielo oscuro.

Sus alas negras cubrían el campo de batalla como un eclipse.

Todos quedaron inmóviles.

Aster dio un paso al frente.

—No pasarás.

Lucifer sonrió.

—No he venido por las semillas.

Hizo una pausa.

—He venido por ustedes.

Lior atacó primero.

Su espada atravesó el aire con una velocidad imposible.

Lucifer la detuvo con una sola mano.

La llama negra envolvió la hoja.

En un instante, la espada de Lior perdió todo su brillo.

Aster descargó su martillo con toda su fuerza.

El impacto partió una montaña cercana.

Pero Lucifer levantó la otra mano.

La roca se detuvo en el aire.

Después, la hizo estallar.

La explosión lanzó a ambos capitanes varios kilómetros.

Decenas de cadenas negras surgieron del suelo y se enredaron alrededor de Aster y Lior.

Cuanto más luchaban, más fuertes se volvían.

—¡Resistan! —gritó Aster—. ¡No escuchen sus mentiras!

Lucifer descendió frente a ellos.

Colocó una mano sobre el pecho de cada uno.

Las cadenas comenzaron a absorber su luz.

Los dos capitanes gritaron.

Todo el campo de batalla escuchó aquel grito.

Cuando Tarus y Leo llegaron con refuerzos, ya era demasiado tarde.

Solo encontraron el campo de batalla destruido.

Las semillas del Árbol de la Vida permanecían intactas.

Pero sus amigos habían desaparecido.

Leo cayó de rodillas.

—¡Lior!

Su voz se perdió entre el silencio.

Tarus apretó los puños.

Nunca antes había sentido tanta impotencia.

Nerea recogió del suelo una pluma blanca.

Pertenecía a Lior.

Todavía conservaba un pequeño brillo, pero comenzaba a oscurecerse.

Muy lejos de allí, en el Reino de las Sombras, Aster y Lior despertaron encadenados frente al trono de Lucifer.

No estaban heridos.

Pero tampoco podían sentir la luz del Padre.

Lucifer descendió lentamente los escalones.

—Bienvenidos.

Ninguno respondió.

Aster escupió al suelo.

—Jamás serviré a un traidor.

Lior levantó la cabeza.

—El Padre vendrá por nosotros.

Lucifer sonrió.

—No quiero que me sirvan.

Se acercó un poco más.

—Quiero que duden.

Sus ojos se clavaron en los dos capitanes.

—Porque el corazón más fuerte... también puede romperse.

LA CORRUPCIÓN

Pasaron los días.

Aster y Lior permanecían encadenados en las profundidades de la fortaleza de Lucifer.

No los golpeaban.

No los torturaban.

Aquello habría fortalecido su espíritu.

Lucifer quería algo mucho más peligroso.

Quería romper su fe.

Cada día les mostraba imágenes del Reino Celestial.

Veían a Tarus buscándolos sin descanso.

Veían a Leo culpándose por no haber llegado a tiempo.

Veían a Nerea llorando por ellos.

Y, sobre todo...

veían a Agnis.

Siempre entrenando.

Siempre más dura.

Siempre más fría.

Una mañana, Lucifer descendió hasta sus celdas.

—¿Saben qué es lo más curioso de la luz?

Ninguno respondió.

—Que basta una pequeña sombra para hacerla dudar de sí misma.

Levantó la mano.

El lago negro apareció frente a ellos.

En sus aguas se veía a Agnis entrenando sola.

Su espada ya no brillaba con la intensidad de antes.

Lucifer sonrió.

—Ella cree que la justicia salvará al Cielo.

La imagen de Agnis continuó moviéndose sobre las aguas oscuras.

—Yo solo voy a demostrarle que nunca será suficiente.

Días después, los cuatro hermanos recibieron un mensaje.

Una grieta de oscuridad apareció en medio del Salón Celestial.

De ella cayó una espada.

Era la espada de Lior.

Estaba partida en dos.

Sobre la hoja había una sola frase, escrita con fuego negro:

«No llegaron a tiempo.»

Leo tomó la espada con manos temblorosas.

—No...

Miró las dos mitades.

—No...

Tarus golpeó el suelo con el puño.

Las columnas del salón vibraron.

Nerea comenzó a llorar.

Agnis permaneció inmóvil.

Por dentro, la culpa volvía a despertar.

Al día siguiente, otro portal se abrió.

Esta vez apareció el escudo de Aster.

Estaba cubierto de grietas.

Sobre él había una nueva frase:

«El próximo será otro.»

El miedo comenzó a extenderse entre los ejércitos celestiales.

Los ángeles miraban a sus comandantes esperando respuestas.

Pero ni siquiera los cuatro Guardianes sabían qué hacer.

En el Reino de las Sombras, Lucifer sonrió.

—Ya comenzaron a desconfiar.

Odio inclinó la cabeza.

—Pero todavía permanecen unidos.

Lucifer negó lentamente.

—Por ahora.

Más tarde, Lucifer regresó ante Aster y Lior.

Seguían resistiendo.

Seguían negándose a servir.

Lucifer no intentó obligarlos.

Solo colocó una mano sobre la frente de cada uno.

Las sombras penetraron lentamente en sus recuerdos.

Comenzaron a revivir cada derrota.

Cada error.

Cada compañero que no pudieron salvar.

Cada decisión equivocada.

La culpa empezó a mezclarse con la oscuridad.

Cuando Lucifer retiró la mano...

sus ojos seguían siendo los mismos.

Pero, en el fondo de ellos...

había aparecido una pequeña sombra.

Eso era todo lo que necesitaba.

Al día siguiente, una patrulla celestial fue atacada.

Cuando Tarus llegó al lugar, vio algo imposible.

Aster estaba allí.

Tenía las alas ennegrecidas y sujetaba a varios ángeles por el cuello.

—¡Aster!

El antiguo capitán levantó lentamente la cabeza.

Durante un instante, pareció reconocerlo.

Sus ojos temblaron.

—Aléjate...

Su voz se quebró.

—Antes de que...

No terminó la frase.

Una sombra recorrió su cuerpo.

Y atacó.

Tarus no levantó el martillo.

No podía golpear a quien había sido como un hermano.

Aster lo derribó de un solo golpe.

Después, desapareció entre las sombras.

En otro extremo del Reino Celestial, Leo encontró a Lior.

Estaba herido.

Confundido.

Como si luchara contra algo dentro de sí.

—¡Lior!

Leo corrió hacia él.

Pero, al acercarse, la espada de Lior atravesó el aire y se detuvo a pocos centímetros de su pecho.

Las manos del capitán temblaban.

—Corre...

Bajó la mirada.

—No puedo...

Tragó saliva.

—No puedo controlarlo...

Entonces sus ojos volvieron a oscurecerse.

Atacó con una furia que nunca había conocido.

Leo solo se defendía.

Se negaba a herir a su amigo.

Finalmente, Lior escapó envuelto en sombras.

Los cuatro hermanos se reunieron de nuevo ante el Padre.

El silencio pesaba más que cualquier palabra.

Agnis fue la primera en hablar.

—Debimos acabar con Lucifer cuando tuvimos la oportunidad.

Leo levantó la vista.

—¡Sigue siendo nuestro hermano!

—¡Ya no es nuestro hermano! —respondió Agnis—. ¡Mira lo que está haciendo!

Su voz se quebró de rabia.

—¿Y cuántos morirán mientras esperamos?

Leo respondió con calma.

—Siempre hay esperanza.

Agnis golpeó el suelo con su espada.

—¡La esperanza no salvó a nadie!

El salón quedó en silencio.

Incluso ella se sorprendió de sus propias palabras.

El fuego de su espada vaciló.

La llama azul perdió intensidad.

Por primera vez desde su creación, una parte del acero quedó sin fuego.

Pequeñas brasas cayeron al suelo.

Y se apagaron.

Nerea observó la espada con preocupación.

—Agnis...

Miró las brasas.

—Tu llama...

Agnis bajó lentamente la mirada.

No respondió.

Muy lejos de allí, Lucifer contemplaba el lago negro.

En sus aguas vio las primeras brasas extinguirse.

Sonrió.

—Ya comenzó.

Odio observó la imagen.

—Su fuego se está apagando.

Lucifer asintió lentamente.

—No porque esté perdiendo su poder.

Su sonrisa desapareció.

—Sino porque está perdiendo la paz.

Contempló nuevamente a Agnis.

—La justicia sin amor termina consumiendo a quien la empuña.

Una pausa.

—Y cuando la última llama azul desaparezca...

Sus ojos brillaron.

—Agnis creerá que está luchando por el Padre.

El lago negro se oscureció.

Lucifer sonrió.

—Sin darse cuenta...

Hizo una última pausa.

—Estará luchando por mí.