Crónicas de los Guardianes · Capítulo 07
El Rescate
El Salón Celestial nunca había estado tan dividido.
Desde el ataque de Aster y Lior, los ángeles susurraban en los pasillos.
Algunos decían que debían atacar el Reino de las Sombras con todo el ejército.
Otros decían que Aster y Lior ya estaban perdidos.
Tarus no escuchaba a nadie.
Estaba de rodillas frente al Padre, con el escudo roto de Aster entre sus manos.
—Padre... déjame ir por él. Era mi hermano de batalla. Yo le enseñé a sostener un escudo. No puedo dejarlo allí.
A su lado, Leo sostenía las dos mitades de la espada de Lior.
—Lior aún luchaba, Padre. Lo vi. Sus manos temblaban. No quería atacarme. Todavía está ahí dentro.
El Padre los miró con una tristeza profunda.
—Si entran al Reino de las Sombras, la oscuridad intentará entrar en ustedes también.
—Que entre —dijo Tarus—. Si es el precio para traerlos de vuelta.
El Padre guardó silencio y finalmente asintió.
—Entonces no irán como guerreros.
Hizo una pausa.
—Irán como hermanos.
Esa noche, mientras Tarus y Leo se preparaban para partir, Agnis los detuvo en la entrada del portal.
—¿Van a rescatarlos? ¿Así, sin un plan? Lucifer los está esperando. Es una trampa.
—Lo sabemos —respondió Leo.
—Entonces dejen que vaya yo. Yo los traeré. A la fuerza, si es necesario.
Nerea apareció detrás de ellos. Había escuchado todo.
—Agnis, tu llama... casi se apagó ayer. No puedes entrar en la oscuridad cuando tu propia luz está vacilando.
Agnis miró su espada.
La llama azul ahora solo cubría la mitad de la hoja.
La otra mitad estaba gris, como ceniza.
—Mi llama no importa. La justicia importa.
—La justicia sin misericordia no es justicia —dijo Nerea en voz baja—. Es venganza.
Agnis no respondió.
Se dio la vuelta y se fue.
Tarus y Leo cruzaron el portal.
El Reino de las Sombras los golpeó como un invierno eterno.
No había cielo.
No había estrellas.
Solo roca negra, ríos de fuego que no daban calor y un viento que susurraba dudas.
No vendrá por ustedes.
Los abandonaron.
Ya no son bienvenidos en el Cielo.
—Es el lugar —susurró Leo—. Intenta que dudemos.
—Entonces riamos —respondió Tarus, aunque su voz temblaba—. ¿Recuerdas cuando Lior intentó enseñarle a volar a un elefante?
Leo, a pesar del miedo, soltó una pequeña risa.
Y, por un instante, la oscuridad retrocedió un paso.
En el centro de la fortaleza, los encontraron.
Aster y Lior estaban de pie, pero no encadenados.
Estaban libres.
Sus nuevas alas negras estaban a medio formar y sus ojos luchaban entre la luz y la sombra.
Frente a ellos, sentado en su trono, estaba Lucifer.
—Sabía que vendrían —dijo Lucifer—. El noble Tarus y el alegre Leo. Siempre tan predecibles.
—¡Aster! —gritó Tarus.
Aster levantó la cabeza.
Por un segundo, sus ojos fueron los de antes.
—¿Tarus...?
—¡Estamos aquí para llevarlos a casa!
Lior dio un paso hacia Leo, pero se detuvo, agarrándose la cabeza.
—No... no se acerquen. Él... él está en mi cabeza. Me muestra todo lo que fallé. Cada vida que no salvé...
Odio apareció detrás del trono y sonrió.
—Solo les mostramos la verdad.
Lucifer se levantó lentamente.
—Déjenme mostrarles algo más.
Agitó su mano.
El lago negro mostró una imagen: Agnis, en el Cielo, gritándole a Nerea. Su espada estaba a medio apagar.
—Mientras ustedes están aquí, su hermana se está rompiendo. Pronto ella pedirá lo que yo le ofreceré: una justicia sin dudas. Una espada que nunca tiemble.
Tarus rugió y se lanzó hacia Lucifer.
Aster se interpuso.
Maestro contra alumno.
El martillo de Tarus contra el escudo de Aster.
Cada golpe hacía temblar la fortaleza, pero Tarus no golpeaba para herir.
Golpeaba para despertar.
—¡Recuerda quién eres! ¡Me salvaste la vida en la Nebulosa de Orión! ¡Dijiste que un escudo no sirve para atacar, sino para que otros puedan vivir!
Aster cayó de rodillas, confundido.
Las alas negras se agrietaron y, por un instante, volvió a aparecer una pluma blanca.
Al mismo tiempo, Leo no desenvainó su espada.
Corrió y abrazó a Lior mientras Lior intentaba apuñalarlo.
—¡No voy a pelear contigo! —le gritó Leo entre lágrimas—. ¡Si quieres hacerme daño, tendrás que hacerlo mientras te estoy abrazando!
Lior temblaba.
La espada cayó de su mano.
—Leo... no puedo... Me hizo ver que... que si no hubiera fallado, Zakiel seguiría vivo...
—Todos fallamos —susurró Leo—. Yo también. Pero el Padre no nos ama porque seamos perfectos. Nos ama porque somos suyos.
Esa palabra —suyos— fue más fuerte que cualquier cadena negra.
La sombra en los ojos de Lior retrocedió.
Lucifer vio que estaba perdiendo el control y, por primera vez, se levantó con ira.
—¡Basta!
Una onda de fuego negro lanzó a Tarus y a Leo contra la pared.
Se acercó a Aster y Lior y colocó sus manos sobre sus cabezas.
—Si no quieren servirme por voluntad... me servirán por dolor.
Pero, antes de que pudiera corromperlos por completo, una luz azul atravesó el Reino de las Sombras.
Era Agnis.
Había desobedecido.
Había cruzado el portal sola.
Su espada, a medio apagar, brillaba con una furia blanca y peligrosa.
—¡Suéltalos! —gritó.
Lucifer sonrió al verla.
Era exactamente lo que esperaba.
—Mírala, hermanos. La perfecta Agnis. Vino a hacer justicia. Dime, hermana... ¿vas a salvarlos o vas a castigarlos por haber atacado a nuestros hermanos? ¿Cuál es tu justicia hoy?
Agnis miró a Aster y Lior, con sus alas negras.
Vio a Tarus y Leo heridos en el suelo.
Su mano apretó la espada.
El fuego azul luchaba contra el fuego blanco.
Por un instante, estuvo a punto de levantar la espada contra Aster y Lior.
Tarus gritó desde el suelo:
—¡Agnis! ¡No son enemigos! ¡Son nuestros hermanos!
Nerea, que había sentido desde el Cielo que algo terrible estaba pasando, gritó a través del portal que aún seguía abierto, aunque nadie más que Agnis pudo escucharla:
—¡Agnis, recuerda lo que dijo el Padre! ¡Que incluso el más fuerte necesita compasión!
Agnis cerró los ojos.
Una lágrima, la primera que derramaba en millones de años, cayó sobre su espada.
Al tocar el acero, el fuego blanco se extinguió de golpe.
La llama azul, pequeña y temblorosa, volvió a cubrir toda la hoja.
Levantó la vista y miró a Lucifer, ya no con odio, sino con una claridad que él no esperaba.
—No voy a castigarlos.
Hizo una pausa.
—Voy a cargarlos.
Y, haciendo lo que Tarus le había enseñado, guardó su espada y cargó sobre sus hombros a Aster y a Lior, como si fueran heridos de guerra.
—¡Leo! ¡Tarus! ¡A casa! ¡Ahora!
Leo se levantó y tomó a Tarus.
Corrieron hacia el portal mientras toda la fortaleza se derrumbaba por la furia de Lucifer.
—¡No podrán protegerlos para siempre! —rugió Lucifer—. ¡La duda ya está sembrada! ¡Volverán!
Cruzaron el portal justo cuando se cerraba.
Cayeron los cuatro en el Salón Celestial.
Aster y Lior estaban inconscientes, pero sus alas negras habían desaparecido.
En su lugar, solo quedaban muñones blancos, heridos, pero vivos.
Nerea corrió hacia ellos, llorando, y los abrazó.
Sus lágrimas comenzaron a sanar las heridas.
Agnis cayó de rodillas, agotada.
Su espada azul ahora brillaba de nuevo, pero más suave que antes.
Ya no era una llama que quería quemarlo todo.
Era una llama que había aprendido a temblar.
Tarus colocó una mano sobre su hombro.
—Gracias por venir, hermana.
—Casi los castigo —susurró ella—. Casi hago lo que él quería.
Leo sonrió, con el labio roto por la pelea.
—Pero no lo hiciste. Eso es lo que importa.
En el Reino de las Sombras, Lucifer golpeó su trono con tanta fuerza que las espadas rotas se partieron aún más.
Odio se acercó con miedo.
—Mi rey... fallamos.
—No —dijo Lucifer, mirando el lago negro que ahora mostraba a los cuatro hermanos abrazados—. No fallamos. Les dejamos una cicatriz.
Su sonrisa oscura regresó.
—Y las cicatrices... siempre recuerdan cómo se hicieron.
Se sentó de nuevo.
—Que disfruten este rescate.
Miró a Agnis a través del lago.
—Porque la próxima vez que dude Agnis... no habrá nadie para detenerla.