Crónicas de los Guardianes · Capítulo 08
Las Cicatrices de la Luz
Aster despertó primero.
No estaba en la fortaleza negra.
No había cadenas.
Estaba acostado sobre una cama de nubes, en la enfermería del Reino Celestial.
La luz del Padre entraba por una ventana hecha de amaneceres.
Intentó levantarse y no pudo.
No sentía sus alas.
Giró la cabeza.
A su lado, una figura enorme velaba su sueño.
Tarus, sentado en el suelo porque ninguna silla aguantaba su peso, dormía con el martillo aún en la mano.
—¿Capitán? —susurró Aster.
Tarus abrió los ojos al instante.
—¡Aster!
Intentó abrazarlo, pero se detuvo.
Vio el miedo en los ojos de su alumno.
Aster se tocó la espalda.
Solo había dos muñones vendados con luz.
Sus alas, aquellas que habían sostenido planetas, ya no estaban.
—¿Qué hice? —preguntó con voz rota—. Lo recuerdo... te ataqué. Atacé a los nuestros. En el Reino de las Sombras... yo... yo sujeté a nuestros hermanos por el cuello.
Tarus negó con la cabeza y se arrodilló para quedar a su altura.
—No fuiste tú. Fue la sombra que pusieron dentro de ti.
—Pero mi mano fue la que golpeó. Mi voz fue la que dijo que se alejaran.
Aster escondió el rostro entre sus manos.
—Yo era tu mano derecha. Se suponía que yo era el escudo de los demás. ¿Cómo puedo volver a cargar un escudo si no puedo ni cargar con mi propia vergüenza?
Del otro lado de la enfermería, Lior despertó gritando.
—¡No! ¡Aléjate!
Leo estaba a su lado y lo sostuvo antes de que cayera de la cama.
—¡Tranquilo! ¡Soy yo! ¡Es Leo!
Lior lo miró.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Te apunté con mi espada. Te puse una espada en el pecho, hermano. Tú viniste a salvarme y yo... yo intenté matarte.
Leo lo abrazó fuerte.
No dijo «no importa».
No dijo «olvídalo».
Sabía que, para Lior, eso sí importaba.
—Sí, lo hiciste. Y me dolió. Me dolió mucho —le dijo Leo en voz baja—. Pero más me dolió verte encadenado. Lior, tú no eres lo que hiciste en la oscuridad. Eres lo que elegiste cuando estabas en ella. Y tú elegiste soltar la espada.
—No merezco volver a tener una —dijo Lior, mirando sus manos vacías.
En ese momento, la puerta se abrió.
Agnis entró.
Su espada ya no estaba en su espalda.
La llevaba en las manos, como una ofrenda.
Su llama azul ahora era pequeña, humilde, casi como una vela.
Nerea venía detrás de ella.
Aster intentó levantarse al verla.
—Comandante Agnis... yo...
—No —lo interrumpió Agnis—. Soy yo la que tiene que hablar.
Se arrodilló frente a las dos camas.
La guerrera que nunca se arrodillaba ante nadie, que había desafiado a Lucifer, estaba de rodillas frente a sus propios soldados y frente a su hermana.
—Cuando los vi con alas negras... una parte de mí quiso hacer justicia. Quise castigarlos por lo que habían hecho. Mi espada... mi espada quería quemarlos para purificarlos.
Su voz se quebró.
—Por un segundo, pensé como él. Como Lucifer. Creí que la justicia era más importante que ustedes.
Levantó la vista hacia Nerea.
—Y tú me enseñaste que no. Tú borraste la marca de aquel humano cuando yo quise dejarla. Tú me gritaste a través del portal. Si no fuera por tu voz, hermana... yo los habría condenado.
Nerea se arrodilló también y tomó las manos de Agnis.
—Tu llama se estaba apagando porque estabas cargando sola con el peso de ser perfecta. Ninguno de nosotros es perfecto, Agnis. Ni siquiera tú. Y no tenemos que serlo.
Agnis dejó que una lágrima cayera.
Por segunda vez en su existencia.
—¿Me perdonas?
Nerea sonrió entre lágrimas.
—No hay nada que perdonar. Solo hay algo que sanar.
Entonces Nerea se levantó y se colocó entre Aster y Lior.
Puso una mano sobre el pecho de cada uno.
—Cierren los ojos. No voy a devolverles sus alas. Eso solo el Padre puede hacerlo cuando estén listos. Pero voy a quitarles lo que Lucifer dejó dentro.
De sus manos salió agua pura, cristalina.
No era una luz cegadora.
Era como un río tranquilo.
Aster y Lior arquearon la espalda.
No gritaron de dolor.
Lloraron.
Lloraron por Zakiel, por el miedo, por la vergüenza, por todo lo que no habían podido decir en el Reino de las Sombras.
Cuando Nerea retiró las manos, en el suelo quedaron dos pequeñas charcas de tinta negra que se evaporaron al tocar la luz del Padre.
Lior respiró por primera vez sin peso en el pecho.
Aster pudo por fin mirar a Tarus a los ojos.
—¿Todavía puedo ser tu escudero?
Tarus sonrió.
Una sonrisa enorme que hizo temblar las nubes.
—Nunca dejaste de serlo. Solo que ahora tu escudo tendrá una cicatriz. Y las cicatrices hacen que los escudos sean más fuertes.
Afuera, en el balcón del Salón Celestial, el Padre observaba.
No intervino.
Dejó que sus hijos se sanaran entre ellos.
Detrás de Él, Leo se acercó a Agnis, que aún seguía de rodillas.
—¿Sabes? —le dijo—. Tu llama se ve más bonita ahora que es más pequeña.
Agnis lo miró confundida.
—Antes iluminaba mundos. Ahora... ahora parece que puede iluminar a una persona sin encandilarla.
Leo le guiñó un ojo.
—Creo que así alumbra mejor.
Agnis, por primera vez en semanas, sonrió.
Una sonrisa pequeña, cansada, pero real.
Muy lejos, en su trono de espadas rotas, Lucifer vio todo en el lago negro.
Vio las charcas negras evaporarse.
Vio a Agnis sonreír.
Golpeó el lago y la imagen se rompió.
Odio retrocedió.
—Se están sanando.
—Que se sanen —dijo Lucifer con una voz peligrosamente tranquila—. Deja que crean que las cicatrices se han cerrado. Porque cuando vuelva a abrirlas... dolerán el doble.
Se levantó y miró hacia la Tierra, donde los humanos comenzaban a multiplicarse.
—Aster y Lior ya no me sirven. Agnis aprendió a dudar de su propia justicia. Bien. Es hora de pasar al siguiente hermano.
—¿A quién? —preguntó Odio.
Lucifer sonrió y señaló en el lago a Leo, que en ese momento hacía reír a Lior para que olvidara su culpa.
—Al que nunca ha llorado. Al que cree que una sonrisa puede salvarlo todo.
Su sonrisa se hizo más oscura.
—Vamos a enseñarle a Leo lo que es perder la alegría.